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domingo, 12 de noviembre de 2017

Rescatando el mundo emocional de la mujer durante el embarazo

El embarazo es un momento de mucha complejidad, dados los cambios que se producen en distintos niveles en la vivencia de la mujer (físicos, psicológicos, en la pareja…). Aunque se le suele otorgar mucha importancia a los cambios físicos y temas del cuidado en cuanto a alimentación y hábitos para el desarrollo sano del feto, son muy pocos los escritos que se dirigen a informar y orientar en cuanto al plano emocional y psicológico de la futura madre.

Autores como Stern, llaman la atención sobre el tema de la maternidad como una “asignatura pendiente” para la sociedad en general. Muchas sensaciones que son experimentadas por las embarazadas y las madres recientes son consideradas un tabú por la sociedad (incluyendo, por ejemplo, la depresión post-parto). Es una cuestión muy reciente el hecho de empezar a incorporar en la sanidad y en programas de orientación los aspectos que se vivencian en esta íntima experiencia psicológica, ya que los esfuerzos han estado orientados a aspectos más estructurales, como aquellos que informan sobre los cambios físicos o fisiológicos que se experimentan y lo que debe ser el cuidado de la madre de cara al desarrollo sano del feto.

El mundo interno de aquella que será madre resulta en muchas ocasiones tan complejo que cuesta poner en palabras las vivencias que se experimentan. Cada vez son más aquellas madres -sobre todo las primerizas- que valiéndose de la difusión que permiten las redes sociales intentan compartir y expresar el universo de vivencias y emociones que inundan ‘la dulce espera’ y el primer contacto con el bebé.

Es por ello por lo que nos animamos a compartir algunas reflexiones que se hacen desde el plano psicológico acerca de las fantasías y el mundo emocional durante el embarazo, así como la experiencia interna y los cambios a los que va haciendo frente la madre, en la medida en la que ésta va construyendo su identidad materna.

Lo cultural en la maternidad y el embarazo

Desde distintas concepciones culturales y religiosas, se idealiza la maternidad y se la equipara con la feminidad. Sin embargo, la maternidad va más allá de la mera reproducción encajada en el orden ‘natural’ o biológico, y representa una experiencia humana en donde, en palabras de Glocer, se entretejen planos diversos y complejos: el amor, el deseo y la creatividad. Aunque hay un soporte biológico y corporal, la maternidad se construye a través de significados que dan lugar a la experiencia maternal y que son muy variados e íntimos de acuerdo con la mujer que lo vivencia, siempre enmarcados en su historia.

Resulta necesario dotar al concepto de embarazo de una visión compleja e integral, verlo como un fenómeno que no deja de tener características diversas según la cultura en la que se inscribe, así como diferentes presentaciones y vivencias en las mujeres, que va más allá del pensamiento colectivo que idealiza esta etapa, dificultando la posibilidad de que las mujeres puedan expresar sus sentimientos ambivalentes ante la espera del bebé. En este sentido, Glocer apunta que muchos aspectos de la vivencia emocional de la mujer son reemplazados por la idea cultural de maternidad, idealizando la misma y anulando la posibilidad de que sean expresadas las contradicciones y ambivalencias que muchas veces esta experiencia trae consigo.


Asimismo, lo cultural tiene implicaciones que llevan a la búsqueda -consciente o no- del embarazo. Desde pequeñas se prepara a las niñas ante la maternidad futura, preparación que va desde los juegos y canciones infantiles, el cuidado que proveen a sus hermanos y hermanas, hasta las tareas que se realizan en casa. Aunque esta es una cuestión en la que la época actual ha impreso y exigido cambios, sigue siendo lo más frecuente en el imaginario cultural.

La sociedad sigue dictando ‘normas implícitas’ acerca de las sensaciones que de alguna manera están permitidas por parte de la mujer durante el embarazo y hacia su futuro hijo, lo que se fundamenta en un costado principalmente biológico: su capacidad para gestar, parir y cuidar. Una mirada más profunda y genuina nos muestra que en la maternidad subyacen sensaciones muy variadas, sentimientos de ambivalencia, preocupaciones, fantasías y síntomas que dan cuenta de todo ello y resultan tremendamente particulares. Cuando escalamos desde el plano biológico al psicológico, vemos que la vivencia del embarazo resulta ser una experiencia particular en cada una de las mujeres que lo vivencia, además de despertar conflictos internos personales que han de tener el espacio para ser expresados más allá del mandato cultural.

En este sentido, tal y como apunta M. Langer, los problemas de la maternidad se sitúan en un cruce de caminos entre las determinaciones biológicas y los patrones culturales, entre la familia y la sociedad, la “felicidad” íntima y las obligaciones colectivas, el mundo privado y la escena pública. Como comenta la autora, esta cuestión se ve claramente ejemplificada en el caso de la mujer profesional, en donde se suele atribuir un conflicto entre el ejercicio exitoso de una profesión, al desempeño eficaz y satisfactorio de las funciones maternas. Esta contradicción, a pesar del cambio ideológico actual, la lucha feminista y los avances en el terreno de la igualdad, siguen representando un desfase entre la libertad de la experiencia de embarazo y maternidad individual y genuina, y los ideales, actitudes y valores que culturalmente se les adjudican a estas experiencias.

El mundo emocional de la mujer durante el embarazo

Stern apunta que la madre nace psicológicamente en tanto en cuanto su bebé lo hace físicamente. Sin embargo, esto sucede mucho antes, ya que durante el embarazo empieza a conformarse una nueva identidad, apoyada en una experiencia incomparable a nivel físico y emocional que afecta todas las facetas de la mujer, tanto intra como intersubjetivamente.

Egon Schiele
Además de preparar el contexto real para la llegada del bebé, la mujer empieza a construir un espacio para éste en su mente, en su discurso y en sus fantasías. Asimismo, surgen interrogantes en cuanto a su nuevo rol y pueden surgir preocupaciones relacionadas con la toma de conciencia de la responsabilidad de garantizar la supervivencia del bebé, así como su posterior desarrollo, lo que irá dotando -en la medida en la que se gestionen estas emociones- de un sentimiento de valía materno fundamental.

Los primeros meses constituyen entonces, un terreno emocional de ensayo y preparación. La mujer imagina, sueña, teme y crea fantasías alrededor de la identidad de su futuro bebé, así como de la propia y la del padre. En muchas ocasiones, la percepción en cuanto a la pareja cambia, de manera que la mujer embarazada empieza a interesarse más por la identidad paterna de su pareja.

Se forman escenarios imaginarios con personajes imaginarios (bebé imaginado, yo-madre imaginada, pareja-padre imaginado, padres-abuelos imaginados), fantasías todas ellas relacionadas estrechamente con su historia, valores, miedos internos y mitos familiares. Así, en palabras de Stern, “cada madre construye en su mente el bebé que desea, sueña y teme tener” … y todo este ensayo imaginario de preparación será vital para la aparición de la identidad materna.

Alrededor del tercer mes de embarazo, cuando la viabilidad del embarazo y la salud del feto están, por lo general, garantizadas, se abre un proceso imaginativo mucho más productivo. La experiencia real del feto y las sensaciones que se perciben van dando cuerpo al bebé imaginario y dotándole de un retrato y movimiento.

Durante el embarazo resurgen fantasías previamente reprimidas en torno a la identificación con el propio bebé y la propia vida fetal. Es indispensable que la madre cree una posición adaptativa entre su mundo interno y el mundo externo para que pueda facilitarle la adaptación a su hijo.

Así, la mujer pasa de ser hija a ser madre, con las correspondientes emociones contradictorias entre la pérdida de una etapa que deja atrás, y la nueva etapa que empezará. Muchas veces se incrementa el interés por otras mujeres que son o serán madres, como una forma de búsqueda de identificaciones y reconocimiento. Suele surgir un interés renovado por la maternidad de la propia madre, y algunos autores sugieren la aparición de nuevos triángulos que sostienen la formación de la identidad materna: además del triángulo padre-madre-bebé, se encontraría el de madre(abuela)-madre-bebé.

En este sentido, Stern apunta que el vínculo de apego comienza a formarse durante el embarazo, y describe tres patrones genéricos diferentes de relación, que se relacionan a su vez con la historia familiar de la mujer:

-Un patrón de apego superficial, en el que la futura madre pone cierta distancia en su experiencia de maternidad. Puede estar más o menos implicada en su embarazo, pero no se enfrenta directamente con lo que la maternidad implica. El panorama de sus relaciones familiares es visto desde la distancia y no se le otorga mucha importancia.

-El patrón de apego implicado, que define a una madre muy implicada en su maternidad basándose en sus relaciones primarias y apoyándose muy concretamente en identificaciones con su madre.

-El patrón de apego autónomo, refleja a una mujer que se implica en la relación con su hijo a la vez que piensa en su propia relación con su madre, pero pone cierta distancia emocional como madre y como hija.

En este sentido, las fantasías de la madre acerca de cómo será el bebé y su propia identidad materna, también pueden llegar a impregnarse de aquellas necesidades de la madre, convirtiéndose en ‘fantasmas’ que acompañan la relación con su hijo. Por ejemplo, madres que buscan en el bebé el amor incondicional que no han sentido en su relación como hijas, bebés que vienen a ocupar el lugar de otro ausente o que buscan dotar de un sentimiento vital a la madre. Dichos fantasmas no sólo pueden provenir del espacio emocional materno, sino a su vez, de los contextos familiar y de pareja.

Lo familiar se filtra en las fantasías de maternidad a través de la vivencia de la madre como hija, los legados familiares y cómo se definen los roles de parentalidad a modo de ‘tratados familiares’. Estos procesos de expectativas y atribuciones se amplían a la familia extensa, y generan una fantasía e imagen colectiva del bebé, así como una idea de qué tipo de madre se desea ser.

Es importante que la mujer embarazada pueda permitirse hacerse preguntas en cuanto a su propia identidad como hija para dar pie a descubrir su manera personal de ver y ejercer la maternidad. Aunque las imágenes e historias familiares estén muy presentes (la imagen real e imaginaria de la propia madre; la de otras figuras maternas como abuelas, tías; o reglas, normas, vías de expresión del afecto en la historia de la familia…), la madre ha de tener un espacio de reflexión que le permita ir construyendo una identidad materna única y propia, así como una imagen también única y propia de su bebé. Bien es cierto que este espacio de fantasía se irá consolidando con la experiencia real una vez nacido el bebé. 

Durante el embarazo la futura madre irá construyendo paulatinamente una historia que conformará el relato vital del bebé, así como su propia imagen como madre, que le ha de permitir en un futuro marcar un rol organizador para el niño en su propio proceso de subjetivación y crecimiento.

La reflexión sobre estas cuestiones permite no solo ser conscientes del proceso emocional y mental que atraviesa la futura madre, sino también de aquellas cargas que dan forma al bebé imaginado, de manera que tanto madre como hijo puedan establecer una identidad genuina y propia ante el paso a la realidad.

Aunque el mundo emocional y las fantasías que rodean el embarazo son mucho más complejas que las reflexiones generales aquí rescatadas, es importante que progresivamente se pueda abrir paso a una comprensión de los aspectos psicológicos del embarazo tan amplia y comprehensiva como la que se ha conseguido en cuanto al mismo en el plano médico o físico. Poder transmitir la información y orientación pertinentes en cuanto a los cambios y procesos intra e intersubjetivos que se dan en esta etapa, puede posibilitar un equilibrio bio-psico-social tan necesario en esta vivencia. Este tiene una importancia fundamental de cara a la salud emocional de la madre y el bebé, y brinda la posibilidad de abordar de manera sana los eventos que se sucederán en esta etapa y en las siguientes. 

Artículo de Kreadis con información de:

-Hugo Vezzetti. Marie Langer: Psicoanálisis de la maternidad.
-Alma Pichardo y Claudio Góngora. Abordaje psicoanalítico del primer embarazo.
-Maylis Del Castillo en Aperturas Psicoanalíticas. Revisión“El nacimiento de una madre: Cómo la experiencia de la maternidad cambia la vida para siempre” por Stern, D. y cols.


martes, 28 de marzo de 2017

Reflexiones acerca del uso de dispositivos tecnológicos en el cuidado del bebé

El avance de la tecnología ha ido extendiéndose a diversas áreas incluyendo el cuidado y monitorización de los niños en sus primeros meses y años de vida. El deseo y preocupación de los padres -especialmente los primerizos- por garantizar su buen proceder en el cuidado de sus hijos, ha animado a recurrir a la gran variedad de dispositivos tecnológicos que existen actualmente en el mercado.

Aunque estos dicen garantizar el cuidado de los niños, proveyendo información a los padres en cuanto a su condición física y sus necesidades, la abrumadora cantidad de dispositivos que están actualmente en el mercado, así como la avidez con la que son adquiridos por muchas familias, no deja de sorprender.

Nos encontramos, en este sentido, con todo tipo de “ayuda tecnológica” para el cuidado de los niños: Pañales capaces de detectar una infección de orina o el nivel de hidratación del niño; calcetines que pueden generar y proporcionar datos detallados en cuanto al estado de salud (como cantidad de oxígeno en sangre, ritmo cardiaco, temperatura corporal, cantidad y calidad del sueño, cantidad de energía gastada por el infante); pulseras que cuentan los pasos que da el bebé y que incluyen un sistema GPS para controlar sus movimientos, así como la cantidad de tiempo que está en brazos de su cuidador; aparatos que envían un mensaje al móvil de los padres o cuidadores avisando que el bebé está a punto de despertar; “traductores de llanto”; tobilleras y pulseras que informan de la salud del niño a cada momento e incluso, para edades más avanzadas, aparatos que informan de la frecuencia con que los padres o cuidadores del niño le “regañan”, incluyendo en dichos datos una contabilización de los decibelios que se emplean en cada intervención de los mismos. A estos nuevos gadgets se suman aquellos otros que pretenden evitar episodios de ‘insatisfacción’ del niño, como biberones que evitan los gases haciendo un tratamiento especial de la leche o fórmula, almohadas que evitan el llanto del niño o sillas que simulan el movimiento en brazos.

Aunque el propósito inicial de muchos de estos dispositivos estaba destinado a la atención y cuidado de bebés con problemas de salud, su adquisición y uso se ha extendido principalmente en un colectivo de padres que muestran ansiedad en cuanto a su papel. El uso de dichos dispositivos y herramientas de monitorización crece cada vez más, así como tablets y otros gadgets para niños pequeños. No en vano se afirma que es la era del bebé tecnológico, del “bebé data”. Y con su inauguración, se abren asimismo una amplitud de reflexiones necesarias en cuanto a las implicaciones que esto puede tener de cara al desarrollo emocional de los niños; reflexiones que van más allá del “sí o no” al uso de dispositivos y que han de profundizar en el cómo los utilizamos, así como la aproximación del que parten los padres en el momento de apoyar su labor en estos.

El contexto emocional de los padres

En los tempranos momentos de la vida, el bebé se enfrenta a la extraordinaria aventura de conocer el mundo, como parte de su proceso de adaptación y supervivencia. La asimilación de las experiencias emocionales es un importante elemento de este proceso. El bebé se halla en una situación de indefensión, dada su inmadurez biológica y psíquica, por lo cual ha de desarrollar un equipamiento y recursos mentales para afrontar el conocimiento del mundo y su propia formación como sujeto. En este proceso, el desarrollo emocional del niño está irremediablemente asociado al vínculo parental y las funciones de cuidado y amparo de la figura materna.

En esta línea, Bion llama función Reverie a la capacidad de la madre o la figura materna, de devolverle al bebé su experiencia emocional -sin metabolizar- en pensamientos adecuados para ser contenidos y pensados por el bebé. Se trata de un estado mental que permite estar en sintonía con las necesidades del bebé.

Cuando el cuidado que se procura al infante, especialmente desde la figura que ejerce la función materna, se realiza desde un polo cargado de ansiedad, se tiene gran dificultad para interpretar las necesidades del bebé y satisfacerlas desde un estado emocional que pueda ser a la vez “digerido” por el infante. La ansiedad se convierte en una vía de comunicación del bebé y su mundo, albergando impresiones y emociones displacenteras o de desconfianza que comienzan a conformar su mundo emocional, sin que haya posibilidad por su parte de una “digestión mental” como sí puede ocurrir en el sujeto adulto.

Está claro que la búsqueda de alternativas en la tecnología para mejorar el cuidado de los
bebés, parte del deseo de los padres por asegurar su bienestar. En líneas generales, la tecnología puede ser una herramienta útil que se presta en consonancia con el contexto actual mundial, cuando esta se utiliza en el momento adecuado y de manera adecuada, no como reemplazo de otras cosas. Sin embargo, con frecuencia, en la necesidad de recurrir a muchos de los dispositivos como los anteriormente mencionados, se esconde un gran monto de ansiedad por parte de los padres y cuidadores.

En estos casos, el recurrir al amparo emocional que proveen los nuevos dispositivos, suele conllevar una consecuencia contradictoria: el nivel de ansiedad y monitorización de los padres y cuidadores se dispara, lo cual afecta la manera de vincularse con el niño. Esta ansiedad y rigidez se transmiten al niño, cuyo mundo emocional está, en principio, circunscrito al mundo emocional del cuidador. La información fundamental acerca de sí mismo y del mundo, que no puede ser dada en palabras, se transmite a través del cuidado y de las cargas emocionales que se depositan en el bebé y que se metabolizan a partir de la respuesta intuitiva de la madre ante sus necesidades. Esta respuesta quedaría mediatizada por una interacción indirecta cuando, a partir de la ansiedad de los padres, la comunicación se da, por ejemplo, a través de las lecturas que se hacen del dispositivo más no del mismo infante. Por su parte, cuando el uso de dispositivos fomenta la capacidad de los padres para disminuir efectivamente su nivel de ansiedad al aproximarse al niño y proporcionarle cuidados, esto apoya la formación del vínculo entre ambos. Lo importante en estos casos, es que bien se haga o no uso de este tipo de dispositivos, la aproximación de los padres no sea predominantemente ansiosa, de forma que se pueda fomentar un buen vínculo y apego desde la contención que proporciona la figura del cuidador.

Otro tipo de dispositivos, por su parte, desvitalizan el deseo de comprender al bebé y transmitir amor a través de los cuidados maternos, reemplazando elementos tan primordiales como el contacto piel a piel, el contacto visual, o la interpretación del llanto del niño. Puede ser el caso de elementos como “la silla inteligente”, la cual intenta simular los movimientos de los padres cuando el niño está en sus brazos, combinando distintos tipos de movimientos y balanceos “de la misma forma que lo harían los brazos de la madre”. El cuidado materno y el bebé forman una unidad y el estado de dependencia es vital para la supervivencia del pequeño, por lo que difícilmente el contacto materno puede ser reemplazado por objetos que simulen dicha interacción madre-bebé, así como tampoco pueden ser usados para suplir o controlar la necesidad de la madre o el padre de coger en brazos a su hijo. El uso del balancín, por ejemplo, puede aliviar tanto a la madre como al bebé, durante aquellos espacios puntuales en donde esta necesita ocuparse de su propio cuidado o de otros hijos, hasta que pueda cogerlo para darle una atención más directa. La clave, de nuevo, reside en el uso que se le da al dispositivo, sin que este llegue a sustituir un cuidado, buscando “acallar” al niño o la angustia de la madre.

Cuando en el uso de los dispositivos tecnológicos está velada la necesidad de controlar y mermar la angustia de los padres en relación con el cuidado del bebé, se cae en el riesgo de que dicha angustia -paradójicamente- aumente y se transmita en el cuidado directo del niño; teniendo en cuenta que ante estímulos gratificantes el niño responde con fantasías placenteras, y ante estímulos displacenteros, el bebé responde con fantasías agresivas, lo que deja huellas en su desarrollo emocional y mental. En palabras de Winnicott, es imposible dar por sentado el placer que experimenta la madre al vestir y bañar a su propio bebé. Cuando esta goza con todo ello, el niño siente que su mundo se llena de sol. El placer de la madre debe estar presente, pues de no ser así, toda su actividad resulta "muerta, inútil y mecánica".

De aquí que el contexto emocional de los padres, la intuición de la madre y cuidador, así como la forma personal y singular que tiene cada padre de responder ante las necesidades de su hijo de manera natural, constituyan elementos fundamentales que construyen el mundo interno del bebé y que no pueden ser reemplazados por objetos que intenten simularlos o, simplemente, “apaciguar” al niño.

Las necesidades del niño

Según M. Klein, los sentimientos y fantasías del bebé dejan huellas profundas en la mente del niño y tienen una poderosa influencia sobre su vida emocional adulta. Inicialmente, estos sentimientos son experimentados de acuerdo a las satisfacciones y estímulos del mundo externo, que se relacionan principalmente con el alimento y el placer que proviene de ser estimulado por la madre.

Al principio de la vida, en la ausencia de palabra, el niño se vale del llanto para expresar su insatisfacción. La madre o cuidador interpreta y se anticipa a dar respuesta a las necesidades del niño y las alternancias entre la presencia/ausencia de la madre, van construyendo la noción del mundo para el bebé, empieza a diferenciar lo interno de lo externo. La interpretación del llanto y la respuesta ante este, le dan acceso a la madre a la comprensión del infante, proporcionando el contexto emocional necesario para dotarle de confianza, tanto en sí mismo como en el mundo externo que está construyendo progresivamente. La madre, a pesar de la ansiedad que pueda sentir al principio, no requiere de un “traductor de llanto” más que el que se va construyendo con su mera presencia. Al fiarse más de un dispositivo externo que de su conexión con el niño, corre el riesgo de rigidificar y desnaturalizar la respuesta ante las necesidades del bebé. 

En este sentido, algunos dispositivos aseguran anticiparse a las necesidades del niño en cuanto a alimento, temperatura o incomodidades (como pañales sucios o interrupción del sueño). Sin embargo, el niño necesita experimentar estas “pequeñas frustraciones” para construir su mundo interno y externo, contando con que la intervención de la madre se hará presente para poner límite la insatisfacción y frustración. Cuando la madre sobre-satisface las necesidades del niño, le priva del aprendizaje emocional que provee dichos momentos de insatisfacción.

Desde el otro extremo, cuando la situación de insatisfacción del pequeño se perpetúa, sin que haya respuesta externa que la medie, el niño cae en un estado de indefensión, lo que a su vez tiene consecuencias en la manera en la que percibirá su mundo y a sí mismo. En estos casos, no hay objetos que puedan simular la presencia real de la madre o de quien ejerce esta función.

Así, la presencia real del cuidador aporta algo que no puede ser reemplazado por dispositivos tecnológicos: una función de para-excitación, es decir, de protección ante el bombardeo de estímulos que experimenta el bebé. En palabras de Winnicott, la madre protege de la agresión fisiológica; toma en cuenta la sensibilidad dérmica del infante -el tacto, la temperatura, la sensibilidad auditiva, la sensibilidad visual, la sensibilidad a la caída (a la acción de la gravedad)- todo ello desde la naturalidad de su papel, sin necesidad de traductores intermediarios.

La lectura privilegiada de las necesidades del bebé a través de la variedad de dispositivos tecnológicos dispuestos para ello, deja de lado la singularidad del infante, de los movimientos emocionales y físicos de la madre, y de la especial relación entre ambos. Estos aparatos suelen relevar -indicando a la madre cuándo ha de intervenir- la rutina y ritmo particular de ésta en cuanto al cuidado de su bebé a lo largo del día y la noche. Como apuntaba Winnicott, esta rutina y ritmo no son los mismos para dos infantes cualesquiera, porque forma parte del bebé, y no hay ningún par de infantes que sean iguales; también sigue los minúsculos cambios cotidianos, tanto físicos como psicológicos, propios del crecimiento y desarrollo del niño y de su madre.

Esta particular danza que se da en la vinculación madre-bebé a través de la respuesta a las necesidades del niño, integran lo que será la personalidad de este y su realidad psíquica. A su vez, cimentan la percepción del mundo externo, como también una mayor síntesis entre las situaciones internas y externas. Esta capacidad creciente del bebé es propiciada por la confianza y satisfacción que le han brindado, a través de los ritmos propios de la madre en el momento, por ejemplo, de la alimentación. Como señala Winnicott, a través de esta sensación, el niño va logrando de mejor manera coordinar sus funciones corporales que ayudan a que pueda adaptarse no solo física sino mentalmente al entorno, es decir, al mundo externo y al mundo interno, pues logra permitirse esperar o sentir de forma menos urgente la satisfacción a sus necesidades y ayuda a que el niño disminuya sus fantasías terroríficas y agresivas.

Según Winnicott, cuando la madre o cuidador falla en interpretar naturalmente el gesto o llanto del niño, o responde con ansiedad o de manera mecánica frente a este, se provoca una interrupción en la continuidad de ser del bebé, razón por la cual la personalidad se cimenta en reacciones a la intrusión ambiental. Por su parte, según Bion, cuando esta función se lleva a cabo de manera adecuada, el lactante logra la capacidad para tolerar en un futuro la frustración y con ello vivir desde el principio de la realidad, alimentando una construcción sana de sí mismo y de su mundo externo.

Cuando la madre siente ansiedad ante el llanto del niño y opta por “acallarlo” a través del uso de dispositivos que simulan su presencia o la reemplazan, el llanto pierde su cualidad comunicativa y se limita la capacidad del niño para adquirir una madurez emocional suficiente que le permita gestionar la frustración en un futuro, ya que o bien la ha vivenciado como ‘estado’ (cuando las necesidades son satisfechas antes de que si quiera el niño las experimente) o no la ha experimentado en lo absoluto (cuando la ausencia de la madre ha sido una constante).

Conexión emocional

La interacción entre la madre y el bebé es la base o el prototipo primitivo de todas las formas de relación futuras. El contacto directo con la madre, sin la necesidad de que esté ‘avalado’ o mediatizado por indicadores como los que proveen los dispositivos tecnológicos, posibilita el logro de la introyección de una madre afectuosa y disponible, lo cual permite que sea una influencia beneficiosa a lo largo de la vida.

Según Lebovici, esta conversación entre madre y bebé se constituye a partir de los afectos, que no solo se transmiten por medio de las palabras y se produce a partir de la “mutualidad”, como la experiencia afectiva que ambos miembros de la díada comparten, y en los que existe la analogía y la sincronización rítmica de los estados afectivos. En este sentido madre y bebé parecen “juntos”, pues la experiencia de placer y los intercambios de diverso contenido son compartidos.

En los intentos por apaciguar al niño con elementos que simulan la intervención de la madre, se deja de lado el sostén que ha de proveer la presencia de esta, el cual, en palabras de Winnicott, equivale a una forma de amar de la madre con la que puede expresarle su sentimiento afectuoso al niño. A través del sostén materno, se constituyen las primeras relaciones con los demás y las primeras experiencias gratificantes que lo incluyen y coexisten con él. La base de esta satisfacción y de las relaciones es la manipulación, cuidado y manejo del infante, funciones que se dan por sentadas en la relación con la madre. Siempre que existe ansiedad ante la adecuación de estos cuidados por parte de las figuras parentales, que lleve a delegar de forma excesiva dichas intervenciones en dispositivos externos, se trunca la posibilidad del niño de crear un estado de confianza en el otro.

Algunas reflexiones finales…

No es nuestra intención que las reflexiones anteriores alimenten argumentos “tecnófobos”, ya que, como comentamos al principio, estamos convencidas de que la tecnología ha de representar una herramienta útil e interesante que proporcione apoyo, siempre que tengamos en cuenta cuándo y cómo hacer uso de ella, sin que esta reemplace un papel natural directo, significativo y vital.

Está claro que muchos dispositivos pueden ayudarnos a conocer las necesidades del niño e informarnos de su estado, pero estos no han de reemplazar el tacto, olfato, contacto visual y presencia de los padres. Es fundamental no dejar de lado que, a pesar de que podemos contar con especializadas máquinas que nos brinden datos acerca de nuestros hijos, existe algo auténtico y veraz que nos permite comprenderlos y cimentar su desarrollo emocional: el vínculo, algo que los padres e infantes consiguen descifrar en un proceso de mutuo crecimiento.

Para ello hemos de ser conscientes de las ansiedades y miedos que se ocultan tras la necesidad que tenemos de echar mano de este tipo de elementos. En palabras de Winnicott:
“Algunas personas creen que un niño es como arcilla en las manos de un alfarero. Comienzan a moldear al bebé y a sentirse responsables del resultado. Sin embargo, están equivocados. Si usted siente lo mismo, se verá aplastado por una responsabilidad que no le corresponde asumir en absoluto. Si puede aceptar la idea de un bebé como una empresa en marcha, entonces se sentirá libre para interesarse por lo que ocurre en el desarrollo del niño mientras usted disfruta al satisfacer sus necesidades.”

 Artículo de Kreadis con información de:

-Bion, W. (1962) Aprendiendo de la Experiencia. Buenos Aires: Paidos.
-Klein, M. (1936) El Destete. Obras Completas, 6.Buenos Aires: Paidós
-Lebovici, S. (1983) El Lactante, su Madre y el Psicoanalista. Amorrortu: Buenos Aires
-Winnicott, D. (1960a) La teoría de la Relación entre Progenitores–Infante. En los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidós: Argentina (1993)
-Winnicott, D. (1958) La Capacidad para estar solo. En los Procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidós: Argentina (1993)

martes, 25 de octubre de 2016

Las mentiras infantiles: Su gestión para el desarrollo sano del niño

Sketch by blinkybell
Las mentiras de los hijos es un tema que preocupa a muchos padres. Los niños experimentan con la mentira desde una edad temprana y, aunque no en todas las ocasiones han de ser un motivo de preocupación, es importante que los padres –y educadores- sepan cómo gestionarlas, dada la importancia educativa y emocional que encierran en el desarrollo sano del niño.

La respuesta que los padres y educadores dan ante la mentira es de gran importancia en la integración emocional y moral del niño. A partir de esto, nos animamos a hacer algunas reflexiones generales acerca de las mentiras infantiles, apuntando ciertos tópicos a tener en consideración.

La edad del niño. La mentira forma parte de la interacción humana y los niños, evidentemente, no están al margen de esto. Sin embargo, la etapa evolutiva por la que atraviesan representa un aspecto de vital importancia a tener en cuenta en el momento de gestionar y comprender la mentira.

Los niños empiezan a mentir alrededor de los 2 a 5 años. Esta es una etapa en donde no cuentan con la capacidad de discriminación realidad-fantasía a la que accederán en años sucesivos. Se trata de una etapa en donde están en pleno desarrollo las capacidades simbólicas y cognitivas, y en donde la fantasía tiene un papel fundamental que se expresa, por ejemplo, a través del juego. En esta etapa, los niños empiezan a aprender y comprender la idea de que su mundo interno y el de otros son distintos, se avanza hacia una subjetivación e individualización más maduras, abandonando poco a poco el egocentrismo infantil, hacia la comprensión del mundo relacional e interpersonal.

En esta etapa las mentiras suelen tener una relación directa con el mundo imaginario del niño, el mundo de sus deseos, miedos y fantasías. La mentira en este punto sirve como un canal a la imaginación y la creatividad, a la vez que un ensayo en la discriminación entre la realidad y la fantasía. La moralidad plena no está adquirida y la negación de la mentira por parte del niño –cuando es confrontado con la “verdad”- suele estar asociada a una falta de comprensión de la realidad o a la evitación de consecuencias negativas. Es importante que en esta fase se explore en la mentira y esta exploración no conlleve castigos punitivos, de manera que el niño pueda ir internalizando normas, formas de abordar la realidad y diferencias personales. Cuando el castigo es la respuesta inmediata y predominante ante la mentira, puede correrse el riesgo de coartar la capacidad imaginativa del niño y su expresión, a la vez que se imprime un criterio irreflexivo de “mal o bien”, “mentira o verdad”, que dificulta en un futuro hacer frente a las complicadas situaciones morales que se presentan en la vida.

En estas edades son comunes mentiras como “Soy un astronauta”, “Mi papá en Superman”, “La tarta de chocolate se la comió mi amigo el ratón”. Más allá del enfado como respuesta del padre, madre o educador, es necesario ser sensibles ante la expresión ‘en bruto’ de la fantasía, así como el juego que se hace con la realidad. Más que confrontar al niño, podemos darle valor a aquello que expresa a la vez que contextualizamos la realidad: “¡Te gustan tantos los planetas y el universo que quieres explorarlos como hace un astronauta!”; “La tarta de chocolate la hizo mamá para después de cenar, parece que tu amigo el ratón y tú se han comido por adelantado el postre”. En este último caso, ‘quedarse sin postre’ trasciende la mera noción de castigo, conecta la acción del niño a la realidad a la vez que se respeta su imaginación.

Aproximadamente a partir de los 6 años las mentiras adquieren un nuevo sentido, ya que hay mayor comprensión de las normas sociales. Dado que el juicio ético y moral está en pleno curso de desarrollo, las mentiras que se dicen a esta edad deben sondearse, buscando siempre la razón de las mismas. Asimismo, han de acompañarse de la relación que tiene “la verdad” con conceptos más complejos como la confianza, las consecuencias relacionales (no los “castigos” que vienen de mentir), la vivencia que pueden tener otros de la mentira dicha y la necesidad de autenticidad en los vínculos y en la expresión de lo que el niño es.

La madre de Cristina* nos comentaba en una sesión, que la niña solía mentir a sus compañeros en cuanto a sus aficiones (“Me gusta el baloncesto”, “Siempre me apunto a clases de baile”, “Soy excelente nadadora”). A su madre le preocupaba especialmente que la niña “estuviese acostumbrándose a mentir”, ya que a pesar de los castigos que venían tras descubrir cada mentira, la niña continuaba mintiendo. Tras explorar en las mentiras de Cris, fue posible ver su razón oculta: Un intento por conectar y acercarse a sus compañeros “para tener más amigos”. Su madre, tras entender la motivación que encerraba la mentira, le propuso participar en alguna actividad extraescolar de las que había mencionado para “probar” y tener oportunidad de compartir con otros de su misma edad. Además de ello, fue capaz de mostrarle a su hija cómo su intención de hacer amigos a través de sus mentiras surtía el efecto contrario, dado que los demás empezaban a desconfiar de ella. A través de esto, Cristina tuvo una excelente oportunidad para ver las consecuencias de la mentira en la relación con otros, el valor de la confianza y un permiso para ser más auténtica en cuanto a sus gustos y forma de ser.

Christian Schloe
A partir de los 11-12 años la mentira es más compleja, dado que la incursión en el mundo social es más completa, y los niños avanzan en su proceso de afirmación y búsqueda de autonomía. Asimismo, la complejidad de las mentiras aumenta dado el mayor desarrollo de las habilidades cognitivas, por lo que se es capaz de tener en mente la verdad y luego manipularla. En este sentido, la capacidad de “mentir con éxito” implica asimismo mayor capacidad de pensamiento y razonamiento, por lo que es de suma importancia evaluar el contenido de las mentiras que se dan a esta edad y la cantidad de las mismas. En esta etapa, la mentira no es solo reflejo de la capacidad cognitiva del niño, sino también de su mundo emocional y la importancia que concede a los temas de su vida. Así, la mentira esconde significados también complejos acerca de estos temas y, por tanto, requiere un manejo mucho más sensible. Aunque en la mayoría de los casos en estas edades, los padres y educadores se centran en las consecuencias, el principal objetivo ha de ser explorar la relación de lo dicho con el universo emocional del niño y, a partir de ello, responder ante el hecho que envuelve la mentira expresada. Comentamos un ejemplo de un caso derivado de nuestra experiencia en la consulta:

Santiago* es un niño de 12 años que llega traído por sus padres, dadas las reacciones agresivas que presenta frente a ellos en el momento de supervisar los estudios y deberes. Dicen verle irascible, ansioso y malhumorado, y temen que algo desconocido para ellos esté pasando y afectando a su hijo. Los padres, con gran angustia, nos cuentan cómo “pillaron” a Santi mintiendo a su profesora: Este tenía que entregar un trabajo y lo presentó “a medias”. Cuando la profesora lo confrontó, Santi argumentó que “estaba demasiado nervioso para hacerlo por la muerte de su abuelo”. Los padres se sintieron alarmados y horrorizados por esta mentira, ya que no solo el abuelo no había muerto, sino que les sorprendía que Santi no dudara en decir algo como eso para excusar una falta “tan grande” de responsabilidad. Tras varias sesiones con el niño, pudimos indagar en los motivos subyacentes de su mentira: Santi admiraba a su padre como a nadie. La imagen que tenía de sí mismo estaba cohesionada, principalmente, por cómo lo veía su padre y cómo se lo transmitía. Este, un arquitecto con amplísima formación, le daba importancia máxima al tema formativo, académico y escolar. “De un tiempo para acá” el padre –quien empezó a atravesar por duros momentos profesionales- supervisaba y controlaba con mayor minuciosidad y dureza el desempeño de su hijo a nivel escolar. Aunque no era capaz de darse cuenta, el padre de Santi estaba trasmitiendo su ansiedad profesional al funcionamiento escolar del hijo, quien a su vez empezó a sentir desconfianza y rabia hacia sí mismo y sus capacidades. De manera ‘inconsciente’ Santi sentía: “si mi padre, quien todo lo sabe, desconfía de mi capacidad y responsabilidad, por algo será”. Esta sensación, lo hacía, sin saber exactamente a qué se debía,  ‘explotar’ con sus padres y evadir ciertas responsabilidades. Dicho de manera sencilla, la mentira expresaba en este caso algo como lo siguiente: “La única manera que puedo evadir esta responsabilidad que no me siento capaz de afrontar, es que pase algo muy grave, algo como una muerte”. De alguna forma la mentira expresaba varios aspectos importantes del estado emocional del niño en ese momento:

-La sensación de no poder cumplir con la tarea por su ‘falta de capacidad’ percibida (lo que le lleva a abandonarla y no presentarla finalizada, también una metáfora de la imagen de sí mismo en dicho momento),
-La contradicción entre el deseo inconsciente por darle la razón a su admirado padre (“tengo que supervisarte todo porque no me fío de ti”) y su capacidad y responsabilidad real (Santi siempre había sido un estudiante responsable), lo que resuelve “siendo irresponsable y entregando la tarea a medias por una buena razón”,
-La comprensión de la gravedad de su falta (no llevar los deberes), que solo puede excusarse o responderse con algo de ‘gravedad’,
-La internalización de la importancia académica que le transmitía su padre y el deseo de ser como él –sintiendo rabia por “no poder serlo”-,
-La expresión indirecta de la agresión fantaseada a su padre por no confiar en él (era el abuelo paterno el protagonista de la mentira del niño).

Como refleja este caso, la mentira no solo intenta resolver contradicciones del mundo interno del niño, sino que además la raíz de la misma quedaría intacta si su manejo se centrara únicamente en el castigo impuesto al niño por mentir.


El manejo de la mentira por parte de los padres

El desarrollo moral se da en un contexto familiar y social. Aprendemos y hacemos nuestras las normas y reglas que rigen la vida en familia y las que son heredadas y transmitidas por esta. Vivimos en un mundo en donde la vida privada es bastante pública, y en donde, además, escogemos aquello que expresamos y mostramos de nosotros mismos frente a otros en redes sociales y encuentros personales. En este sentido, en muchas ocasiones el “permiso para mentir” se da inconscientemente por parte de los padres y figuras de referencia, quienes manipulan la verdad de cara a una imagen social.

Este punto está poblado de ejemplos cotidianos: La llamada que nos ha incordiado a la hora de la comida y aun así respondemos con “no pasa nada, me pillas bien”, la excusa que damos a un supervisor por llegar tarde, el teléfono que suena y la acotación de “si es X dile que no estoy”… Hay una tendencia general a validar la necesidad de mentir para mantener una imagen o manejar una situación. Es evidente que la manipulación de la verdad es una condición que nos toca a todos, sin embargo lo importante en este punto es poder reflexionar acerca de cómo y cuándo lo hacemos, y el sentido que la mentira tiene para nosotros como adultos. Es necesario poder transmitir al niño una visión honesta de este tipo de situaciones, marcando una distancia entre estos eventos y la comprensión de los mismos como sinónimo de validación y permiso para mentir.

En una sesión, Lina* (7 años) nos comentaba con gran enfado algo que le había ocurrido esa semana: Su compañera M. la había invitado a su cumpleaños, sin embargo ella no quería ir porque M. solía decir cosas “feas” de ella, por lo que “no le caía bien”. Como la madre de Lina y la de M. eran amigas, Lina decidió declinar la invitación de manera cordial diciéndole a su compañera que ese día tenía ‘asuntos familiares’. Ambas madres hablaron por teléfono y la madre de Lina se sorprendió de la respuesta de su hija y la confrontó y reprendió. La niña nos comentaba con gran enfado e incomprensión el castigo que le impuso su madre por tal mentira (“cero postres por tres días”) cuando ella estaba cansada de ver que su madre firmaba “papeles” para ausentarse del trabajo aludiendo la ausencia a ‘asuntos familiares’. Más allá de lo curioso -e incluso gracioso- que nos resultó el ejemplo de Lina, nos dio la oportunidad de observar esos tantos permisos cotidianos que damos, incluso sin saberlo, a los niños para mentir.

La razón de la mentira

Las mentiras no carecen de sentido: Por un lado, aquello que el niño verbaliza en la mentira, habla –paradójicamente- de una verdad; por otro lado, la mentira no se da en ausencia de contexto, tiene una razón de ser.

El primer paso en el manejo de la mentira infantil, tras la consideración de la edad del niño, tiene que ver con explorar y comprender las razones que pueden estar presentes en la misma, es decir, indagar en por qué y para qué se está diciendo la mentira en cuestión. Las razones pueden ser varias: Complacer a quien se miente, evitar un castigo, proteger a alguien o a sí mismo, por evitación de la vergüenza, para mantener una imagen o una relación (si el niño habla o dice la verdad es un ‘delator’ y pierde la amistad del autor del hecho; si el niño calla o miente, se convierte en ‘mentiroso, cómplice o encubridor’, pero protege la relación).

Es imprescindible ir más allá del simple hecho de la mentira e indagar en sus razones, contexto y función. Las razones o matices que envuelven la mentira, nos hablan acerca de la estabilidad y mundo emocional del niño, así como su manejo del sentido ético. Cuando el objetivo de la mentira se centra en el engaño al otro, en la sensación de orgullo frente al juego con respecto al 'engañado' y a la realidad, o a la reafirmación personal a través de dicho engaño, estamos ante una situación en donde la mentira es un síntoma de cuidado al que habría que atender. Asimismo, aquellos casos en donde las mentiras se tornan algo habitual o la forma de comunicación predominante en el niño, será necesario indagar a nivel profesional la dinámica subyacente a las mismas y el estado emocional del niño.

Antes de comprometernos en la ejecución de una consecuencia o castigo (verbal o conductual), es necesario reflexionar acerca del objetivo de la mentira. Esto nos habla de la salud emocional del niño, así como de su vía predominante de resolución de conflictos internos, sus deseos y sus miedos. Uno de los niños que atiende a nuestra consulta, nos comentaba cómo sentía una necesidad imperiosa de mentir a su padre acerca de algo ocurrido en el colegio, no porque él hubiese obrado “mal”, sino por el temor que le suponía la reacción de su padre al escuchar lo ocurrido.
Como apuntaba S. Freud: "Es explicable que los niños mientan, siendo que no hacen sino imitar las mentiras de los adultos. Pero algunas mentiras de niños muy bien educados tienen un significado particular y deberían hacer reflexionar al educador, en vez de enojarlo. Dependen de muy intensos motivos de amor y pueden acarrear fatales consecuencias cuando provocan un malentendido entre el niño y la persona por él amada”.

Los padres son las figuras centrales en el mundo del niño y es precisamente por ello que suelen ser el principal blanco de las mentiras. La mentira está indisolublemente ligada a quien se engaña y por ello nos hablan de las relaciones y vínculos que establecen los niños. Explorar el contexto y el para qué de la mentira puede ser mucho más educativo –incluso si dicha comprensión no se traduce en ningún acto concreto por parte del padre o educador- que una acción o verbalización correctiva en cuanto a la “verdad” y la “mentira”. Toda producción, verbal o conductual, habla de nuestro universo personal, psíquico y relacional. Explorar la razón de la mentira habla asimismo de explorar estos aspectos y da luz, por tanto, de las pautas y el camino a recorrer de cara al desarrollo sano del niño.


La mentira no es una cuestión del todo o nada

Además de todo lo comentado hasta el momento, hay un aspecto que no podemos dejarnos fuera: Lo que tiene que ver con la relatividad de las experiencias personales. Muchas veces al comentar una situación entre varios de los protagonistas, nos encontramos con que todos planteamos datos, sensaciones, énfasis y puntos de vista distintos. En ocasiones dos personas que han presenciado exactamente el mismo hecho, durante el mismo tiempo y en el mismo lugar, parece que han vivido dos eventos totalmente distintos cuando describen y hablan del mismo. Acogemos la experiencia con nuestro propio y único bagaje personal, con nuestras emociones, miedos y deseos. Por ello, a veces resulta difícil discriminar si se trata de una “verdad” o una “mentira” cuándo el niño expresa una situación desde su percepción y vivencia singular. Por esta razón, entre otras, hemos de pararnos un momento a pensar y reflexionar sobre ello antes de actuar ante lo que estamos escuchando.

Andrés* nos comentaba que su amigo Luis le llamó ‘inútil’ mientras hacían un trabajo juntos para la clase de Sociales… Su madre insistía que era una mentira del niño para excusar su reacción agresiva hacia Luis –por la que recibió una amonestación del profesor-. Al sondear en ello, Andrés nos comentó que mientras él hacía esfuerzos por sintetizar sus notas del cuaderno y el contenido del libro para dar respuesta a lo que pedía el profesor, su compañero le dijo “esto que estás haciendo no sirve”. Para Andrés significó que su compañero lo tildara de “inútil”. Más que una mentira se trataba en este caso de la percepción personal del niño en cuanto al comentario de su compañero, la alusión indirecta a un temor personal de Andrés –a ser “inútil”, que despertó en él rabia y tristeza.

Como quizá hemos podido reflejar en nuestros ejemplos, las mentiras infantiles encierran algo más complejo que la mera necesidad de una respuesta correctora por parte de los padres y educadores frente a esta. En muchas ocasiones, la respuesta más sincera y genuina ha de ser la búsqueda de ayuda profesional cuando la situación ha sobrepasado ciertos límites. Aunque pueden ser múltiples los aspectos a considerar en este tema, un buen punto de partida para gestionar las mentiras puede ser el hecho de que podamos evaluar su contenido a la luz de la vivencia, personalidad e individualidad del niño. Es a partir de ello que podemos brindarles a los niños un ambiente en donde puedan ser auténticos y se guíen bajo un sentido ético y moral que les permita resolver las contradicciones que plantea la vida diaria de la forma más sana posible.

*Nombres, edades y otros datos de los ejemplos clínicos que se refieren, han sido cambiados con intención de proteger la identidad de los/as niños/as y sus familias, así como el carácter confidencial de las comunicaciones.

Artículo de Kreadis, con información de:
-Dos mentiras infantiles. Sigmund Freud (1913).
-La mentira infantil: Diagnóstico e Intervención psicopedagógica. Tesis doctoral presentada por Dolores Madrid Vivar para la Universidad de Málaga.
-“Mala fe, identidad y omnipotencia” en Problemas del campo psicoanalítico. Madeleine Baranger.
-Psicopatología del niño. Marcelli, D., De Ajuriaguerra, J. (1996).

domingo, 19 de junio de 2016

El síntoma infantil en el tapiz familiar

Foto: Janine Bergman
Muchos padres acuden a nuestra consulta preocupados por el rendimiento (o comportamiento) de sus hijos a nivel escolar. Algunos de ellos lo ven como un elemento aislado (“es un niño buenísimo, pero está desmotivado y no le va bien en el cole”) otros alcanzan a ver la relación de este elemento con otros factores que pueden estar generando un conflicto en el niño, cuya vía de expresión se refleja en el rendimiento escolar (“va flojo en los estudios y tenemos la sensación de que se debe a algo más que no conseguimos entender…”).

Con frecuencia se nos presenta en la consulta una situación común en la labor de atención a niños y adolescentes relacionada con esta dicotomía: Por un lado, tiene que ver con la necesidad de darle matices a esa idea de muchos padres de que el desempeño escolar está aislado de otros factores (“sólo necesita ayuda para mejorar en los estudios”) y por otro, poder hacer entender que no porque los estudios del niño sean lo más notorio, el conflicto del niño no está relacionado con el contexto que le rodea, incluyendo al familiar (aquello de “todo va normal en casa, el que necesita atención es el niño”).

miércoles, 4 de mayo de 2016

Desafío de la autoridad en la adolescencia: Parte II- Poner en movimiento el cambio adaptativo

La conducta de cualquier sujeto no se da en un vacío, sino en un rico y múltiple entramado de relaciones. Una red de apoyo que pueda proporcionar al adolescente un contexto congruente y vínculos sanos, son el mejor factor que asegura la estabilidad emocional de este y su crecimiento sano.

En línea con esto, nos gustaría proponer en las siguientes imágenes algunos puntos que se pueden movilizar desde los distintos sistemas, de manera que se orienten a la comprensión y la búsqueda del cambio real en una situación de desafío a la autoridad.

Desafío de la autoridad en la adolescencia: Parte I- Dinámicas y Cambio

Las crisis son necesarias para la adaptación y crecimiento de la familia como sistema. Los cambios son inevitables, por lo que la familia ha de ser lo suficientemente flexible como para adaptarse sanamente a los cambios sin perder su identidad.

La adolescencia de uno o varios hijos introduce cambios en los límites y roles, así como en el funcionamiento de la familia. El adolescente suele probar los límites como parte del desarrollo de su identidad, frente a lo que muchos padres responden con un manejo poco flexible de la autoridad.

Son múltiples los elementos que pueden estar presentes en este tipo de  situaciones, dado que cada familia plantea una dinámica singular, enraizada a su historia, así como distintos mecanismos para hacer frente a cambios y conflictos. Por ello, sin intención de generalizar, nos gustaría reflejar cómo distintos aspectos pueden descansar de forma más o menos consciente en la dinámica social-familiar-individual, perpetuando el síntoma y alargando el problema.

lunes, 28 de marzo de 2016

Más allá de la conducta problemática del niño: Principales guías para su comprensión

Los problemas de conducta en los niños -especialmente aquellos que se reflejan en el área educativa- traen a muchos padres a consulta. El primer gran desafío a enfrentar en estos casos, no solo por parte de la familia sino además por parte de los profesionales, tiene que ver con romper las repeticiones y acciones desadaptativas arraigadas en la rutina, para empezar a generar cambios reales en el sistema familiar y, por tanto, en la conducta del niño.

Los cambios genuinos implican necesariamente una comprensión que va más allá de la mera conducta del niño, es necesario prestar atención al contexto en el que ésta se da, a quiénes (y cómo) beneficia, así como quiénes (y cómo) contribuyen a su permanencia.

Nos gustaría ilustrar a partir de un caso* las principales áreas a tener en cuenta en la comprensión del niño más allá de su conducta, de forma que permita acercar a una reflexión a aquellos padres que atraviesan por situaciones similares.